Vendiendo risas

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La compañía teatral El Descuese insiste en dar alegría y sueños, en sus dos funciones entregaron su arte y la emoción.

En el Centro Cultural de la Panadería fue el escenario testigo del cierre de un ciclo para los descocidos y las descocidas de la compañía teatral, “El vendedor de risas” es la obra construida entre actores, actrices y talleristas. “Hacía tres años que se estaba haciendo, empezó con Jorgelina Fernández, en el momento de la creación, continuó con Irupé González y finalmente ingresé en el 2018”, describe Nerina Borocci, docente orientadora del proyecto.
De esta forma, las dos funciones ofrecidas constituyen el fin de una etapa y la apertura de una nueva instancia de trabajo. “Queremos empezar de cero, este cierre nos permite dejar la instancia, dejar ese ciclo, y poder entrenar con otros elementos a la vista, aprovechando que son súper creativos y están todo el tiempo empapados y abiertos”. La posibilidad de abrir nuevos senderos dentro de la creación teatral es un desafío para todos los integrantes, “son nueve actores y dos actrices, es un grupo que está conformado hace más de 10 años, se conocen muy bien”.
El Descuese está incluido dentro de las actividades ofrecidas por la Dirección de Inclusión y Accesibilidad, el área municipal propone “utilizar el hecho teatral como agente socializador, como puente hacia la expresión, la libertad, la autonomía, la confianza, la autoestima”, el logro de habilidades integrales, la exploración de las sensaciones, de la emoción en pos de construir vínculos para el crecimiento personal.“El cuidado de las personas por parte del área responsable permite que las personas se integren y permanezcan en la compañía al pasar de los años, y cada vez que alguien ingresa sea incorporado y se una más al grupo”.

Hecho teatral
“El vendedor de risas” es un espectáculo de varios actos breves, los mismos fueron impulsados por improvisaciones. “Habla sobre la vida, el amor, la muerte, los sueños. Se ocupa de poner en escena lo importante que es estar pendiente del otro”, en esos distintos actos se intenta hacer un recorrido por la condición humana, “cómo ellos y ellas van interpretando esas situaciones, esto es muy rico y lo hace muy vivo, hace que el teatro sea cada vez”.
La docente, estudiante de la Escuela de Teatro local, apunta a las habilidades que portan estas actrices y estos actores, “pensaba en estos días lo realizado a través de los entrenamientos y los ensayos, y cómo ellos ya lo tienen innato, no hace falta que entrenen el estar aquí y ahora, el estar presente, porque ellos lo están todo el tiempo, crean y generan cosas desde lo que pasa, desde lo real y desde lo sensible”. Esta nobleza de sentimientos se traslada al momento creativo, “están porosos y abiertos”. El ingreso de Borocci fue gradual, conocía el grupo desde el estreno del proyecto, en el cual participó en forma voluntaria, y esto tuvo continuidad durante varias etapas de vida del grupo. “Ahora que me toca ser la coordinadora, la docente y la tallerista, el crecimiento es abismal, tanto como grupo teatral como con la obra, tanto ensayo y puesta en escena produjo una gran independencia y una apropiación de la obra”, las modificaciones y los enriquecimientos llegan desde ambas partes, “en este momento estoy caminando con ellos y ellos se dejan guiar, de mucho sirvió el tiempo que estuve colaborando, no hubiera sido lo mismo esto a no haberlos visto nunca”. En esta práctica convivencia de causalidades, Borocci asegura que ella también disfruta de esta ventaja, “me siento cerca de ellos, los conozco y me conocen”. Valora la formación del grupo teatral que durante muchos años estuvo a cargo de Jorgelina Fernández, “yo que fui también su alumna, veo en ellos la garantía de su formación, el trabajo, las herramientas y los recursos que desarrollaron son una base fundamental”.

Nuevos tiempos

Una vez por semana, tres horas y una rutina de entrenamientos los convocan en la ex terminal de ómnibus, “este entrenamiento actoral es necesario, desde allí veo cómo están, cómo caminan, cómo responden a mis propuestas desde el cuerpo, ahí ya hay puntas para crear la próxima obra”. Después llega otra instancia, el momento creativo, “este sirve para realizar la producción del espectáculo, también aporta mucho cuando les pregunto qué los inquieta de la vida, de ellos mismos, me mantengo abierta a sus respuestas, anoto, hago trabajo de mesa con esta información”. La improvisación hace estallar en acciones esas palabras, esos pensamientos, del relato al papel, del papel a la actuación, “una vez seleccionada la estructura, se crea, se repite y es una forma de saber de dónde agarrarse, desde una repetición hasta de una secuencia en el espacio, pero esto se va viendo a medida que vamos avanzando”. Los cuerpos dan su propia narrativa, “ellos dan todo, es inimaginable y es mucho”.
La experiencia de la tallerista es rápidamente enriquecedora, “recibo cachetazos todo el tiempo, es increíble, estoy aprendiendo de ellos”, una de las construcciones más valiosas rescatada por la docente es la comunicación, “al estar tan atravesada de formas sociales que nos imponen, y ellos están tan despojados, y sin embargo, aislados de la sociedad, porque ellos no son como el sistema quiere que sean, entonces desde ese lugar me hace preguntarme un montón como mujer, como persona, como ser”. Cerca y lejos, la experiencia educativa confronta a cada uno al desafío de conocerse cada vez más, “para hablar en el mismo idioma”.
Ambas funciones tuvieron una gran llegada al público, “tal como sucedió con la obra Volandera, con El Vendedor de Risas volvieron al circuito teatral, no queríamos que se queden aislados en un taller con un entrenamiento actoral, sino que también salgan, estén en una sala, si hablamos de inclusión lo queremos hacer de verdad”. Esta apertura integra, aporta, fertiliza, “se merecen ser integrados, estoy agradecidísima de ver estos potenciales, disfrutamos mucho del antes del estreno con nervios, risas, enojos, y lo bueno es que pasan cosas y siempre gana el compañerismo”.

Autor: Redacción EcoDias

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