De máquinas y de libros

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 Mucho se discute acerca de la vigencia de la lectura, el uso de la nuevas tecnologías y su influencia:¿La gente lee más o menos?  El Diario de Bahía propone repensar el asunto, ¿cuáles son los espacios de lectura?¿qué pasa con ellos?
Una lectora pertinaz atrapada en un Banco del microcentro en hora pico intenta resistir

Por Silvana Angelicchio

Todo conspira contra el lector.
Los lectores somos una especie siempre en peligro de extinción o minoritaria y sospechada de “no sé qué”, aún en tiempos de dispositivos digitales como la PC, la tablet, el e-reader o el smartphone, que permiten acceder a cantidades ingentes de material escrito.
Y la lectura se ha convertido en un placer esquivo por el ritmo urbano contemporáneo, porque reductos tradicionalmente usados por el lector se han visto perturbados en esta vida que va teniendo “más de moderna que de vida”, como dijo  Mafalda en los años 70 en la encantadora tribuna de las tiras de Quino.
Las bibliotecas públicas serían el ideal, El Edén para leer, pero requieren que el tiempo escaso coincida con un lugar específico, como la propia casa o el café preferido.
El transporte público no es apto para estómagos sensibles e imposible desde la reducción de frecuencia de las unidades y la infrecuencia con que se consigue un asiento libre para desplegar un libro de bolsillo o blandir un dispositivo.
Los parques y plazas están demasiado sometidos al clima y si leemos en un  celular, aunque tengamos la aplicación perfecta, la luz diurna requiere de un continuo  bizqueo para distinguir algo en la pantalla reflectante, cuando no tenemos el temor de que alguien nos arrebate el artilugio.
El libro evita eso, porque no se conocen caso de arrebatos de libros sin importar el título, el autor o el valor literario de los mismos.
Un lugar propio para la lectura al paso solían ser las “colas” y  en particular las de los bancos que tienden a ser largas y populosas, pero esa última frontera también ha sido burlada.
 Puede que las sucursales de barrio usen todavía el viejo y querido sistema de uno tras otro “como botón de chaleco” o el “saque número y espere a ser llamado”, pero desde hace unos años las sedes grandes han implementado unas expendedoras de turnos digitales, donde el usuario “elije” el trámite que va a realizar y la máquina le suelta un papelito con una letra y un número que discrimina por caja o sector.
En aquel pasado donde no todo era mejor, hubiéramos abierto el libro que ayudaría a esperar y leeríamos hasta ser atendidos y según el espacio o la buena voluntad de la institución bancaria hasta podríamos disponer de un asiento donde abstraernos en una novela de ficción o en un apunte, porque entre esperas se podía cursar buena parte de una materia.
Después de una o dos páginas se dejaba de percibir el ruido ambiente y uno se concentraba – con alguna pequeña interrupción para chequear los números que pasaban acompañados del habitual tintineo- a salvo del aburrimiento propio o los resoplidos y quejas ajenos.
Cosa del pasado, porque los turnos ya no son consecutivos.
La letra define arbitrariamente el tipo de trámite -quizás para evitar especulaciones de los cacos especializados en salideras – y el número, el orden igualmente arbitrario.
Ejemplo: la expendedora nos ofrece un módico y aparentemente inocente M4. Nos ubicamos cerca de la pantalla donde aparecen los turnos  convocados y vemos desfilar: S33, M9, J3 y  de pronto el M2, que nos anima porque por aquello de la lógica matemática faltarían 2 para el nuestro, pero en un rato vemos un M11.
Nos sobresaltamos,  “nos ortibamos”  y le preguntamos a cualquier empleado si se nos pasó el turno y no… es que desde algún lugar “han derivado” a alguien antes que nosotros por alguna razón seguramente buena.
En principio imaginamos una urgencia o una enfermedad, pero a medida que los minutos suman cuartos y medias horas a ese pensamiento solidario se le suman sospechas y teorías conspirativas sobre amigos o clientes VIP.
 Un sistema cuya falta de consecutividad impide dejar de vigilar la pantalla digital, bajar la vista o abstraerse.
Todos como vacas mirando pasar el tren, rumiando bronca  y ni pensar en leer.

 

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