¡31 años!

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El Museo del Puerto y la localidad de Ingeniero White estuvieron de cumpleaños, en ambos casos no fueron números redondos, sin embargo, el trabajo y la fuerte identidad portuaria son sus marcas.
White cumplió su 133° aniversario, y el Museo del Puerto, 31 años, la fecha compartida es el 26 de septiembre. Pueblo, puerto, ferrocarriles, lanchas, barcos, contenedores, y la vista al mar, estuvieron envueltos en la idea de progreso infinito. La misma creencia que tuvieron los inmigrantes europeos, “la gallina de los huevos de oro” parecía no tener fin. El perfil de la localidad trocó hace tiempo, con la instalación de empresas químicas y petroquímicas en 1978; posteriormente, el muelle de cereales y frutas se convirtió en una playa de contenedores, indefectiblemente, la tecnología tuvo que facilitar la tarea de trabajadores. La vida de las familias de pescadores se fue disolviendo entre enormes barcos de altura y el mayor asentamiento industrial.
La institución comunitaria municipal fue creada en 1987, su sede, la casona sobre pilotes era el sitio de la Prefectura. Devenida en entidad cultural, adquirió la dinámica del pueblo, y recibió, recibe, el aporte de vecinas y vecinos de White y de Bahía Blanca. “Un amplio repertorio de entrevistas y relatos de vecinos y trabajadores constituye la base del trabajo”, reflexionan sus trabajadores y trabajadoras desde el blog. La articulación entre la vida cotidiana y el mundo de la producción son los puntos clave, “también estamos interesados en los desplazamientos incesantes entre lo loca, lo nacional y lo mundial”.
Las salas se abren al paso de la historia, también de la memoria colectiva, porque las muestras fueron construidas con objetos, fotografías, muebles y testimonios de las personas. Entonces, el bodegón del barco, el salto entre océanos, la costura y la intimidad de los hogares, el bar y la escuela, el patio de bidones y de enanos de jardín, marcan espacios de construcción colectiva. “Son objetos privilegiados del museo un malvón en un bidón, una canzonetta o un strudell recién horneado”, se vanaglorian. La peluquería con barbería incluida, la zapatería, el correo, la pesca y sus rituales, el timón del barco, las galerías de bancos y la cocina de repasadores, se inclinan ante los olores y los sabores de fines de semanas compartidos con colectividades, instituciones, proyectos, músicos, bandas. Las rondas de chicas y chicos en el patio, los manteles de la mesa central que atienden cocineras y cocineros locales, los bingos de la Asociación de Amigas, todos constituyen encuentros hoy, pasados que se recrean, futuros que se abrazan.
“El proceso de digitalización de fotografías y documentos es intenso, también conlleva mucho tiempo, ya que el Museo cuenta con una gran cantidad de archivos”, cuentan entre mates, cafés y chocolate. La tarea es constante, por un lado, permanece en los vínculos con las asociaciones locales, y por otro lado, apuesta a nuevas miradas, perspectivas y formas de contar y participar. Las escuelas de todos los niveles no pierden la oportunidad de recorrerlo en los días de semana, proyectando sus propios contenidos en un bidón de aceite, en una caja de té, una lata de combustible, un croquis o mapa, una caminata o un relato que llega al rescate de un detalle.

Marche una minuta

Minutas es un proyecto audiovisual, “es una forma de hacer accesible nuestro archivo y los proyectos que hemos llevado adelante a lo largo de todo este tiempo de vida del Museo”. Son presentadas bajo el subtítulo “vistas cortas de lo que pasa acá”. Una primera mirada es la de Angélica Chiquita Julys, vecina de la calle Avenente, ella prepara los los “kurambiedes” o “Kurumbieres”, masitas de manteca que cambian de nombre según la isla de Grecia de la que proviene la cocinera que la transmitió. “Chiquita aprendió esta receta de su ´iaia, que quiere decir abuela, Katherina Pentakis, quien había llegado desde la isla de Xios a Argentina en 1925, movida por la crisis posterior a la guerra greco-turca”. Sus abuelos griegos le heredaron la receta que prepara con maestría contagiosa. “En su casa de White, Katherina tenía siempre un frasco lleno de kurumbieres, otros con higos en almíbar, kinotos, dulce de tomate, de naranjas, bombones ´locuña´. Cuando llegaba alguien de visita le ofrecía esos dulces junto a una copa de anís y café turco”. Por lo tanto, era imposible cancelar la visita ante tantas delicias dedicadas. Su familia está relacionada con la Colectividad Helénica de Ingeniero White, una organización vecinal que tiene más de 100 años.
Mario Sartor se apoya en una radio, “este era el premio que nos daba jabón Federal, que hoy existe, entonces un día mi mamá me mandó a lo de Biasola a comprar jabón para lavar, y cuando estaba lavando apareció un papel, el premio era éste”. Entonces, si miramos con atención, la radio tiene la forma y el eslogan del jabón, “pasaron los años y era la única radio que teníamos”. Sartor era uno de tres hermanos, “uno era de Boca y otro de Independiente, y no sabían qué partido escuchar, entonces vino mi viejo y le pegó un hachazo, y nadie escuchó más nada de nada”. Tal como una comida ligera, estos videos resguardan el apetito por contar y por saber más. ¡Felicidades Museo del Puerto, gracias por tanta entrega!

Autor: Redacción EcoDias

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